«….En el fondo de mi ser me sentía muy orgulloso de mi Rosario.»

Centro Residencial SAVIA Albuixech

Rosario y Pepe – Testimonio FAMILIAR –

Nací en Albalat dels Sorells. Desciendo de allí, así como toda mi familia. Siempre he vivido allí. Toda mi vida. Y resulta que Rosario también es del mismo pueblo. Así como toda su familia. Para ser más exactos, vivíamos a cien metros el uno del otro. La casa de mis padres estaba cerca de la de los suyos. Y, sin embargo, no nos conocíamos. Nunca habíamos cruzado cuatro palabras. No sabíamos de la existencia el uno del otro. Ya ves lo curiosa que es la vida.

A los dieciocho años me fui al servicio militar y hasta los veinte no volví a mi tierra, a mis raíces, a mi hogar.

Era verano y había fiestas en la contornada. Fui a una verbena con los amigos con ganas de pasármelo bien, disfrutar de la noche y reírme un poco. Y entonces mis ojos, casi sin quererlo, chocaron con los de Rosario. En ese fugaz instante sentí que mi vida no volvería a ser igual. Todo iba a cambiar y ya no habría vuelta atrás. Cerré los ojos, conté hasta tres en voz alta y me dirigí hacía ella. Andaba con paso firme y dando apariencia de seguridad mientras por dentro me temblaba el corazón por los nervios.

Y después de ese día ya no nos volvimos a separar. Cuatro años estuvimos festeando hasta que nos decidimos juntar nuestro destino con el matrimonio. Cuando nos casamos tenía veinticinco años. Corría el año 1970, Rosario acababa de perder a su padre y comenzamos a vivir juntos en la misma casa.

Nos encantaba salir a bailar en los locales o en las fiestas de los pueblos. Los bailes de salón se nos daban de maravilla. La gente nos miraba de reojo y nosotros formábamos una pareja estupenda. Éramos la envidia del baile.

Tuvimos tres hijos y nacieron cada uno con tres años de diferencia. Casualidades del destino.

Y estos tres hijos nos han proporcionado la increíble suerte de tener seis nietos. A cada cual más maravilloso.

Todo era tranquilidad y dicha. Pero la felicidad es como el cristal. Se rompe pronto y con facilidad.

Estábamos en el año 2000. Rosario tenía cincuenta años recién cumplidos y nos encontrábamos en una casa de campo que teníamos. Cuidábamos de una nieta cuando apareció, sobrevolando en silencio nuestras cabezas, el instante en que nos cambió la vida.

El primer ictus llegó sin esperarlo. De repente y sin llamar a la puerta. Entrando sin avisar.

Rosario quedó desde ese día con medio cuerpo paralizado.

La recuperación fue larga y pesada. Parecía que el mundo se acababa y sin embargo decidimos que no nos rendiríamos jamás. Luchamos los dos, codo con codo. Estuvimos más juntos que nunca y decidimos que seríamos más fuertes que el ictus y que no nos iba a vencer con facilidad.

Pensamos que lo mejor para todos sería que le diéramos a la vida la mayor normalidad que fuéramos capaces de darle. Con lo cual decidimos que nada nos impediría volver a las pistas de baile. Aún paralizado medio cuerpo un buen día nos armamos de valor y nos dirigimos al local donde estaba la fiesta. Y con sólo una pierna con movilidad y con la otra paralizada nos adentramos al centro de la sala y comenzamos a mover nuestros  cuerpos al son de la música. Acabada la canción nos volvimos a mirar a los ojos y sentíamos satisfacción. Una pequeña sensación de victoria y triunfo mojaba nuestras pupilas. En el fondo de mi ser me sentía muy orgulloso. De mi Rosario. De su lucha y constancia. De las batallas que habíamos ganado y de aquellas que tendríamos que superar. Ese día me sentí feliz.

Todo parecía ir bien. De poco en poco la recuperación llevaba su curso. Los nietos crecían felices y la vida parecía sonreír. Y entonces todo se volvió a torcer de nuevo. El segundo ictus llegó como lo hizo el primero. Sin esperarlo y a traición. Estábamos en el año 2018 y este golpe dejó a Rosario sin fuerzas. Parecía que todo se iba a venir abajo. Todo el esfuerzo realizado se desplomó como un castillo de naipes ante un soplido.

Estuvimos con el especialista y nos dijo que Rosario era propensa a tener más ictus. Y debido a esta nueva situación tomamos la determinación de ingresar a Rosario en la residencia. Aquí, en Albuixech, nos encontramos cerca de nuestro hogar. De hecho cuando era joven llegué a jugar al fútbol en el equipo de este pueblo. La verdad es que fue una decisión muy acertada y estoy encantado con el trato que nos ofrecéis.

Al principio Rosario no quería estar ya que ella quería estar en su hogar. Pero allí los cuidados no podían ser los adecuados. Y por eso se tomó la decisión. Rosario estaba muy nerviosa y ese nerviosismo hacía que yo también me contagiara de él. Ahora ya se ha adaptado. Yo vengo a verla todos los días por la mañana y por la tarde. Los días de fiesta se viene con nosotros a casa y entre mis hijos y yo nos encargábamos entonces de su cuidado.

Me encanta el trato que nos ofrecéis aquí. El personal auxiliar, limpieza, cocina, el personal técnico y dirección. Todos os portáis de una manera impecable con nosotros. Siento que nos respetáis y que nos cuidáis como nos merecemos.

Nos encantan las fiestas que se realizan en el centro y las actividades que se realizan. En ellas veo como Rosario vuelve a sonreír con fuerza. Y al verla feliz yo me siento feliz también.

Puedo decir con confianza que, llegado el momento en que necesite de ayuda y no pueda valerme por mí mismo, me gustaría compartir habitación aquí con mi mujer. Empezamos nuestros caminos juntos cuando tenía veinte años y me gustaría acabarlo a su lado.

 

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